Desde que se diagnosticó el primer caso de la nueva enfermedad por coronavirus 2019 (COVID-19) en diciembre de 2019, se ha extendido por todo el mundo y ha impulsado la acción global. Esto ha traído esfuerzos sin precedentes para instituir la práctica del distanciamiento físico (llamado en la mayoría de los casos “distanciamiento social”) en países de todo el mundo, lo que resulta en cambios en los patrones de comportamiento nacionales y detenimiento del funcionamiento habitual del día a día.La escasa literatura sobre las consecuencias para la salud mental de las epidemias se relaciona más con las secuelas de la enfermedad en sí (ej., madres de niños con síndrome congénito por Zika) que con el distanciamiento social. Sin embargo, los desastres a gran escala, ya sean traumáticos (p. ej., ataques terroristas o tiroteos masivos), naturales (ej., huracanes) o ambientales (ej., derrames de petróleo), casi siempre van acompañados de aumentos en la depresión, trastorno de estrés postraumático (TEPT), trastorno por uso de sustancias, una amplia gama de otros trastornos mentales y del comportamiento, violencia doméstica y abuso infantil.

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